martes, noviembre 28, 2017

EL TÚNEL de ERNESTO SÁBATO



EL TÚNEL de ERNESTO SÁBATO


El yo domina nuestra mente como un ser casi ajeno a nuestro pensamiento, nos referimos a nuestro ser con un yo que parece ser extraño y superior, un yo que puede ser un él, un yo absoluto que apenas cubre todo lo que somos, que abarca todo más allá de nuestra conciencia: yo soy alto presupone una definición que no puede ser ponderada, no es medible porque parte desde mí para acabar , solo, de nuevo, en mí; lo mismo pasa con: yo soy bueno o soy listo o soy eterno, o, peor, ella es mía, o eso es solo mío. Mí deseo se confunde con la pretensión, con la palabra, así aparece el poder absoluto de nuestro yo sobre nuestra actitud, siendo, probablemente, un yo fingido o un yo pactado para recrear una persona que no se es, una sola persona no conlleva una sola actitud o una solo modo de comportarse porque...¿Por qué? Porque el yo es variado y cambiante, el yo sale y entra de nosotros y nos adivinamos en muchos formas, yo fui así hace diez años, no puedo cambiar eso, aquel yo hizo a este, pero aquel también era yo, ¿qué yo era?, aún así la creencia de ser únicos en el mundo, o soles de de todos los sistemas que nos rodean no nos dejan nunca. Cuando al yo incumbe al nosotros, cambia, es la pareja -o la multitud- como sujeto actuante, pero deformada por  los yoes que la componen y cada uno de ellos la quieren dominar, pero que llega en el peor de los caso el posesor que quiere ser el que lo posea todo. Así, las variaciones tétricas de actividad del yo son muchas desde el solipsismo en el que nada existe fuera de nosotros sino es por nuestra actuación, de nuestra aceptación de su ser; hasta el egoísmo que es la percepción de que existiendo un mundo ajeno, solo importa el tuyo, lo que le rodea está bajo el poder de su necesidad (la del yo) y está´unida al egocentrismo o al individualismo: la necesidad de ser el primero, el único, entre todos.

Juan Pablo Castel, el protagonista de “El túnel”, es preso de su yo, que lo domina, su necesidad de poseer del mundo trasciende el solipsismo puesto que acepta que existe algo fuera de él .-María-, y trasciende el egoísmo porque no solo quiere que sea suya , sino que debe ser su posesión exclusiva; necesita dominarla y poseer todo su cuerpo y mente para que ese otro yo sea suyo, sea parte no ya de su mundo, sino que sea parte de él , casi como otro brazo o el torso, o conseguir ser el parásito de su mente. El yo de Juan Pablo supera el solipsismo, supera el egoísmo, para llegar a ser ese parásito que quiere agarrarse al cuerpo y la mente de María, para que sea suya en todo los aspectos: sea alfombra, sea amante, sea compañera, sea esclava, sea universo propio, sea él mismo, sea su yo, dos yoes en el único yo de Juan Pablo. La posesión absoluta y vencida.

Juan Pablo Castel, se muestra a sí mismo como un misántropo que procura esconderse del contacto humano, huir de los pasos de la gente, solo sus obligaciones artísticas o laborales o monetarias le obligan a recorrer mundos que no quiere. En una exposición de sus cuadros encuentra a una mujer, María, que observa un cuadro suyo, él adivina, o cree o descubre que su mirada es la única que descubre el significado, el motivo último, de ese cuadro; dicha capacidad supondrá el inmediato interés por esa mujer, que será en principio leve, hasta convertirse en una acoso acentuado por una mínima admiración de ella por su arte, el arte como presión, el artista como receptor de interés que saliendo de su industria se integra o es absorbido por la persona; casi, pienso, como si un actor fuera Hamlet todos los días de su vida; pero el artista se desprende de su idea y cae en el papel, lienzo o pentagrama y ya puede que no tenga razón de ser  que sea necesario que el artista sea parte interesante de su obra, tan interesante como su obra, pero en ello cae María y su inicial interés y admiración , se convierte en compañía mutua, apego, supuesto amor o interes o admiración o lo que fuese, hasta que, el hartazgo, o aburrimiento, o la pura decisión de ella hace que intente separarse del pegamento que desprende Juan, del sifón subcionador que comienzan, en espiral, a ser sus preguntas, sus miradas, sus exigencias, sus oportunidades.

Juan Pablo describe en primera persona, en un hablar al papel o al viento que solo parece ser un retorno a él, una suerte de cueva en la que sabe solo responderá el eco, aunque clame por la necesidad de ser entendido, de ser escuchado por ella, por la vida . La exasperación por el distanciamiento de María, por la perdida de su posesión, de su mirada, de sus caricias, o de su simple presencia, lo vuelve siniestro, lo vuelve protector de si mismo, y como perro castrado busca cortar cuellos y caminos, busca que se acabe la historia tras él,.

El mundo alucinado y alucinante que describe en su explicación de su vida, o de su actitud o actividad, es más delatora en el registro de su obcecación por él mismo, en el que se ve, encerrado en un túnel en los que nadie entra, solo existen ventanas desde donde mira el mundo que está ajeno a él, o al menos alejado por gruesos muros de indiferencia, o de miedo o de odio, o de propia auto definición como dueño de ese micro país, micro universo, micro existencia, micro realidad que se encierra dentro de sí mismo, y rehuye lo que no es propio, porque no lo es o porque ha decidido que no lo sea. Un mundo sin esquinas que doblar , un mundo para no perderse, un mundo para ser uno solo; aun acompañado, su mundo gira a su alrededor, nada se opondrá a que los satélites que lo rodean sean cautivados por su gravedad o serán reventados por su omnipotencia.

La nada del que cree tenerlo todo, ser dueño de todo, sale de las páginas de este libro de Sábato, para demostrar que las personas abyectas o bellas solo son separadas por una decisión, por una manera de ver el mundo, que pudiera ser diferente, y que pudiera , sí, ser enfermiza, pero que puede , y es lo siniestro, poder cambiar el curso de la vida de otra persona, que era feliz, sin esa extraña presencia, sin su mutiladora potencia desmedida de ser el único, de ser sol y luna, de ser la nada y el todo; ser el YO, absoluto.

wineruda